Las macrobandas y las asociaciones de músicos, que tan de moda se pusieron allá por el año 1969, como una muestra más del progreso que supuso el vanguardismo que imperaba en la época, dieron paso a las jam sessions, reuniones de músicos para tocar por el placer de tocar. La idea no era nueva. Los músicos de jazz y blues solían hacer jams, improvisando sin patrón ni medida aparente, dejándose llevar por los sentimientos surgidos en ese instante y por la emoción de tocar con uno u otro.
Hasta finales de los 60, eran utilizadas para intercambiar experiencias; por ejemplo, los Beatles y Dylan lo hicieron entre sí. Algunos músicos podían pasar horas tocando juntos, alcanzando momentos de verdadero climax, algo que se convertiría en clásico en los años siguientes. Comenzó a ser frecuente que un grupo invitara a tocar con él a un artista que estuviera entre el público; y así, sin ensayo previos, juntos desarrollaban unos minutos de música irrepetibles. Algunas jam se grabaron para luego aparecer en disco, como la protagonizada por Elton John y John Lennon en 1974.
Otras muchas quedaron ignoradas y guardadas en espera de su oportunidad. A partir de 1969, la jam session fue una parte vital que aportó una nueva dimensión a la música. Para los intérpretes, era un placer tocar con otra figura, sin pensar en el éxito comercial, ni en las repercusiones económicas que podría reportar. Y por supuesto, la música fue la más beneficiada en todo ello.
Con el tiempo se dejaron de hacer. Las que sí han llegado hasta nuestros días son las actuaciones conjuntas, no tanto en el sentido de improvisación sino más bien como una forma de compartir la música propia con otros artistas.










